miércoles 25 de febrero de 2009

Estrenos tv.



Los últimos días, televisivamente hablando, han sido prolíficos en estrenos de ficción nacional. Hasta cuatro nuevas producciones se han asomado a la pequeña pantalla con resultado desigual. Dos con la camiseta de TVE y otras dos con el logo de Antena 3 en una esquina. Ojalá la cantidad fuera sinónimo de calidad. Pero una vez más, los deseos no se cumplen.

Abrió fuego Águila roja. Tuvo una estupenda audiencia que tal vez haga creer a sus responsables que están en el camino acertado. Pero todo lo contrario. La serie sirvió para sacar a relucir las miserias y complejos de la industria audiovisual española. Ese miedo a hacer un producto serio y competitivo. Por eso, en vez de hacer una ficción de época, se permiten licencias en el vocabulario, en la reconstrucción histórica y en los recursos narrativos (ese disparo esquivado al más puro estilo Matrix daba mucha pena), para cubrirse las espaldas. El objetivo es dejar claro que no se persigue una aventura de capa y espada, sino un batiburrillo en el que no debe faltar el gracejo español, la ocurrencia y el chiste, que para algo somos muy resalados, incluso en las peores situaciones. Desgraciadamente, esto ya empieza a ser marca de la casa. Globomedia ya lo hizo (con idénticos resultados) con Los hombres de Paco o Lex. Estaría bien que dado el papel que ocupan en el panorama de las productoras españolas, asumieran cierto riesgo y dieron el primer paso para abandonar estas prácticas.

Es, además, Águila roja, una serie con un andamiaje que parece perder el equilibrio en cada escena. No puede ser que toda la trama se sustente en la muerta de la mujer del protagonista y que ese momento esté tan mal llevado y resuelto. La serie queda lastrada por su mala planificación. No puede sustentarse porque parece provocado y acelerado el asesinato. Pero eso no parece importar a los guionistas. Ante los problemas que surgen en la elaboración de las historias, las respuestas resultan peregrinas. Que el niño no reconozca que su padre es Águila roja porque éste fuerza la voz parece una idea sacada de un parvulario. También resultan inquietantes los continuos saltos de espacio y tiempo que suceden. Un personaje puede ver como entre una escena y la siguiente pasan varias horas y cambia el escenario; mientras que otro vive las suyas (intercaladas en el montaje final con las anteriores) a tiempo real.

No ayuda tampoco el reparto. Dejando a un lado a la estupenda Miryam Gallego (que ya apuntaba maneras como becaria en Periodistas), cuesta creer al resto, especialmente al cupo de Los Serrano, sobre todo porque no se les ha pedido que cambiaran de registro. Uno tiene la sensación que en cualquier momento va a salir Antonio Molero por algún lado a saludar a su familia.

Resulta curioso el caso de David Janer y Francis Lorenzo. El tiempo ha querido que vuelvan a coincidir después de Compañeros y que se truequen los perfiles. Él pasa de conflictivo a buena persona y Lorenzo de profesor enrollado a cabrón sin límites. No puede Janer con su personaje. Le viene grande. Reconozco que tenía mis prejuicios hacia el actor. Solo le había visto en la mencionada Compañeros y allí ya lucía ese aire de derrotado con mirada perdida que ahora repite. Sin embargo, después de ver la evolución de Raúl Arévalo, que también salía en aquellos capítulos de la ficción escolar, tenía cierta esperanza. En la primera secuencia ya se percibe que no.

Sobre el futuro de la serie, intuyo que mientras mantengan el tono "serrano", sigan enseñando carnes (y con la aparición de la cuñada del protagonista seguro que irá a más), trufen la trama de misterio barato y salpiquen la narración con más escenas de acción, tienen asegurada la fidelidad de la audiencia.



Doctor Mateo (Antena 3) llegó a las pantallas el domingo pasado. Todo hace indicar que suyo va a ser el trono dejado (incompresible y voluntariamente) por Aída. Al menos, así lo reflejan las audiencias de su debut. En ambos casos son series cercanas o con personajes reconocibles, que parece ser es lo que demanda el espectador a la hora de terminar la semana y coger fuerzas para empezar una nueva.

Doctor Mateo es una serie amable. Como puede serlo, por ejemplo, el último gran éxito de cine francés, Bienvenidos al Norte. Amable, pero como ocurre con la película citada, con sentimientos. Con lugar para la comedia y el drama. El pueblo donde se desarrolla la acción no es Twin Peaks ni falta que le hace. Parece casi un impuesto que para que una serie sea buena, tiene que haber un trasfondo tenebroso u oscuro detrás. Nunca he entendido que eso sea a veces un plus a favor de cualquier creación artística. Y que lo contrario suela tener reproches.

Doctor Mateo basa parte de su encanto en sus escenarios naturales (demasiado "limpios" para el entorno en el que se sitúa) y, sobre todo, en sus personajes. Desde un comedido Gonzalo Castro hasta las eficientes Natalia Verbeke, Esperanza Pedroño, Rosario Pardo o Maria Esteve; pasando por un irreconocible Alex O'Dogherty, todos cumplen con creces su cometido. Y eso ayuda al desarrollo de la serie.

Cierto es que faltan por pulir algunos detalles del guión (que a su vez, acierta con unos diálogos nada chirriantes y con algún golpe de humor) y que las interpretaciones de los más jóvenes (Ramón Pujol, Ricardo de Barreiro,...) tienen que contagiarse de la del resto del reparto, pero estoy seguro que estamos ante el gran éxito de la temporada. Y en la mejor opción de los domingos por la noche.

El lunes, Antena 3 estrenó, de estrangis, Ell@s, una ficción corta (quince minutos) de sketches, en torno a la sempiterna relación hombres - mujeres, aquí en el apartado treintañero. El peligro de este formato es que te la juegas en el gag final. Y en poco tiempo, debes ir creando expectativa sin que se intuya la resolución. El problema de Ell@s es que ni siquiera interesa ese punto de partida. Intenta ser algo desenfadado y provocativo y acaba resultando una especie de Escenas de matrimonio para un target más joven. Y encima cometen ese pecado imperdonable de explicar las gracias por si se le han escapado a algún despistado. Resulta loable el intento de Antena 3 por encontrar su propio hit dentro de este formato. No lo fueron Eva y Kolegas ni Generación D.F., pero lo podía haber sido Impares (por cierto, que Ell@s les copia la música de transición y queda bastante cutre). La cadena no tuvo ni paciencia ni confianza y sigue disparando al aire por si caza alguna pieza.

Todo hace indicar que Ell@s desaparecerá sin hacer ruido de la parrilla y encontrará acomodo en alguno de los canales de tdt del grupo.



No tiene mucha suerte El Terrat con sus aventuras en la ficción seriada. El humor directo, la réplica rápida, la salida perfecta, de la que hacen gala en sus programas de humor, desaparecen cuando se trata de un formato regido por una duración y estructura fija. No funcionó Moncloa, ¿dígame? (Telecinco), ni Divinos (Antena 3), ni Lo cartanyà (tv3). Tampoco Pelotas, estrenada hace dos días en TVE1.

Es torpe, larga, llena de tópicos, sin ritmo, aburrida,... Pretende tener una patina dramática y se convierte en depresiva. Cada capítulo se podía haber comprimido en entregas de veinte minutos y aún así sobraría material. Nada brilla, ni siquiera ese (¿intencionado?) homenaje a Lost in translation, cuando Paz Padilla le dice algo a Ángel de Andrés, cuando se marcha en el coche, que éste no acierta a escuchar. Todo resulta exagerado, impostado, sin interés alguno. Corbacho y Cruz (sus directores) parecen más interesados en reflejar y recrear el ambiente de un barrio modesto, que en profundizar y dinamizar una historia a la que le cuesta, horrores, avanzar. La frescura de Tapas o el realismo de Cobardes brillan por su ausencia. De Pelotas no interesan ni sus personajes, ni las cosas que nos cuentan.

Creo que Pelotas seguirá la misma suerte que las otras series de El Terrat en las generalistas y será retirada a medida que vaya perdiendo espectadores. Ocurra o no, lo que sí empieza a ser necesario es que dimita el responsable de TVE que da luz verde a las ficciones nacionales que está comprando el ente.

lunes 2 de febrero de 2009

Estreno de Las cosas Decasa.

Me gustan los programas modestos, de perfil medio, que no buscan liderar las audiencias, sino ofrecer un producto digno. Algo así como comerse unos buenos canelones en un pequeño restaurante, encontrar un disco que perseguías durante años en una recoleta tienda o descubrir un nuevo postre en el supermercado.

Soy de los que pienso que la televisión debe atender a todos. A los que prefieren unos contenidos más intelectuales, a los que sólo buscan escapismo o a los que desean estar informados. Creo que la televisión debe cobijar tanto productos culturales como realitys. Sólo una condición para todos: que estén bien hechos.

Por eso, celebro el estreno hoy de Las cosas Decasa. Situado en la parrilla del canal Decasa (de Chello Multicanal), de lunes a viernes, a las 11'30, cuenta con Goyo González de presentador. Vaya por delante que nunca he aguantado al Goyo más histriónico ni al actor. No olvido que GG es parte de la infrahistoria televisiva de cuando las privadas dieron sus primeros pasos. Pero aquí, luce relajado y con cierta simpatía.

El programa es sencillo: se supone que Goyo se va a mudar a una casa nueva y va recibiendo especialistas que le van asesorando sobre materias tan distintas como la comida, el bricolaje, la decoración,... Cierto es que los consejos del primer programa han sido excesivamente básicos y que ha habido un error muy cantarín que ha derivado en un silencio que debería haberse subsanado al ser un programa grabado, pero el aire tranquilo que se respira; que nadie hable atropelladamente; que no se chillen; que los guiones sean fluidos y no se fuercen las transiciones; que la realización sea sobria y acertada; y que los colaboradores aprueben con notable (especialmente el periodista Alberto Herrera), hacen del programa una oferta digna que podría trasladarse a cualquier generalista. Eso sí, a pesar de la participación del cocinero Julius, tan bluff como en su espacio en el Canal Cocina (también de Chello).

Goya al Mejor Vestuario.

(foto: blog de Vigalondo)

Y la radio llegó a la televisión.

Con Minuto y Resultado (La Sexta), la radio ha llegado a la televisión. Puede resultar paradójico, pero el programa deportivo de las tardes de los domingos es, por un lado, lo más antitelevisivo; y por el otro, aprovecha como nadie los avances audiovisuales.

Para el que no lo conozca, Minuto y Resultado es una especie de Carrusel Deportivo, en el que desde el estudio central, Patxi Alonso va conectando con los distintos partidos que se están jugando. En una primera época (cuando el espacio se llamaba Sport Center La Liga), esas conexiones se hacían a los estadios donde se disputaban los encuentros. El periodista, como no podía ofrecer imágenes del partido en juego, se refugiaba en una banda (glorioso es el encontronazo de una reportera) o en la grada y desde allí informaba del minuto y resultado. Imagino que los responsables de La Sexta descubrieron que aquello era muy caro y que la audiencia no era la esperada, así que abarataron costes, colocaron a todos los periodistas en una sala, les enfundaron cascos y micro y les pusieron delante de un televisor con las imágenes del match en cuestión. Con lo cual, si antes era incómodo porque te enseñaban campo sin ver acción, ahora es irracional porque es radio dentro de la televisión.

Sin embargo, ese paso hacia atrás que puede ser esa "radificación" de las retransmisiones, contrasta con la rapidez con que, una vez finalizados los partidos, está editado un pequeño resumen con los goles y alguna jugada interesante o conflictiva. Ayer, fue pitar el árbitro el final de algunos partidos e inmediatamente se podían disfrutar de las imágenes. Para los que hemos crecido con Estudio Estadio, que teníamos que esperar a costa de sueño, los resúmenes de la noche de los domingos, con la certeza de que si tu equipo había jugado a las siete puede que no vieras los mejores momentos hasta el Telediario del día siguiente, avances como éste pueden llegar a hacer olvidar la rueda de conexiones absurda que le precede durante la tarde.

La sombra de Rosa María Sardá es alargada.

Año tras año, tengo la sensación de que a RTVE le estorba la Gala de los Goya. Sólo así puedo entender que cambiaran su emisión del sábado noche al domingo (con el consiguiente fastidio para el espectador que madruga al día siguiente); que no se emitiera en directo (para ganar una agilidad que brilla por su ausencia); y que la realización fuera tan pésima. Porque resumiendo para los que nos les gusta leer mucho, la Gala de anoche (20'8 % de share) fue larga, aburrida y torpe. Y me niego a aceptar que deba ser así y que no haya otra opción.

Para empezar, TVE debería recolocar la gran fiesta del cine español en la noche del sábado como ocurría hace unos años. Ser valientes y hacer frente al fútbol. Y sobre todo, realizar una programación especial que no se limite sólo a la ceremonia. Valga como ejemplo el excelente trabajo hecho en su web. Podrían conectar con la llegada de los artistas a la alfombra verde, roja o del color que sea. Entrevistarles. Emitir reportajes de las películas seleccionadas, de las grandes olvidadas, de los profesionales desaparecidos. Vídeos que recorrieran los espacios donde se han rodado las películas nominadas. Expertos que explicaran el trabajo de determinados especialistas (maquilladores, iluminadores, directores artísticos,...) que el gran público puede desconocer. Pueden, incluso, ahora que tanta afición tienen por los concursos sms y la interactividad, proponer a los espectadores que elijan a los mejores vestidos y sortear dos plazas para la próxima ceremonia de los premios. Hay miles de opciones. Y después de la entrega de los galardones podría tener su continuidad con la opinión de los premiados; con entrevistas en una fiesta organizada por el propio ente; con reporteros que contaran anécdotas; con imágenes grabadas por algún profesional al que se le hubiera dado una cámara y pedido que grabara; ... en definitiva que fuera una programación televisiva y que aprovechara todas las posibilidades que brinda un medio audiovisual tan rico como la televisión. Y no esa urgencia por liquidar los premios y emitir después El milagro de P.Tinto. Bonita noche especial Goya. Ya una de las promos en las que se indicaba que Carmen Machi volvía (lo que no sé es donde. Imagino que era un guiño hacia la serie Aída que emite la competencia) invitaba a pensar que no había ni interés ni conocimiento por lo que se iba a retransmitir.

Televisivamente hablando fue una ceremonia fea. Feas eran las cortinillas, fea era la rotulación (que incluso costaba leerse); fea era la escenografía que parecía robada de un salón de Las Vegas y cuya abundancia de fondo y escalones resultó absurda porque no sirvió para que las cámaras nos mostraran los vestidos de los presentadores por obra y gracia de una realización torpe.

Tengo la sensación de que el profesional televisivo español es muy orgullosos y lejos de intentar aprender y renovar detalles en retransmisiones como esta, prefiere guiarse por experiencias pasadas y calcar los mismos errores. Responde esto al perfil del que busca salvar la papeleta y no ofrecer un producto digno. Bastaba con que los realizadores hubieran visionado la reciente entrega de los Globos de Oro para que hubieran tomado nota de algo tan nimio como que mientras se leía el ganador de un premio, la pantalla estuviera partida en cuatro enfocando a cada uno de los nominados, fuera cual fuera la categoría. Si los americanos lo pudieron hacer en aquel cuchitril donde se apretujaban sus profesionales, aquí con la amplitud de espacio y la previsión de dónde se iba a sentar cada uno era trabajo sencillo. Si mal fue que no lo hicieran siempre, sólo cabe de calificar de desastroso cuando en las entregas de Mejor Actor y Mejor Director sustituyeron esa imagen de los aspirantes por un baile de planos de los mismos con la consiguiente pérdida de la alegría del ganador cuando conoce su premio. Esa manía por cortar y pegar, privó de ese momento especial unas cuantas veces.

Igual de torpes resultaban los planos recursos metidos con calzador y que olían a montaje posterior. Ver a la troupe de Alex de la Iglesia felices y dicharacheros cuando los ganadores del mejor corto de animación daban las gracias a su padres o a Verónica Echegui besar, efusivamente, a su acompañante cuando Jesús Franco agradecía su premio(otro día hablaré de lo discutible de su Goya de Honor), era realmente surrealista. Errores que en un directo se pueden llegar a perdonar, pero que si se supone que la Gala se emite con media hora de retraso deben ser subsanados.

Tampoco el guión supo sacar la vis cómica de Carmen Machi. Flojo y previsible, apenas arrancó las risas o aplausos espontáneos del público. La protagonista de Aída (o ex) parecía más una presentadora al uso que una actriz. Y si eso ocurre es que algo no está funcionando bien.

No me gustó el montaje tan frío que caracterizaba cada entrega de premio; que nadie tuviera previsión para traducir las palabras del ganador de la Mejor Película Europea; la escasa originalidad de ellos vistiendo imagino que obligados por un absurdo protocolo; el lloriqueo por la crisis y la piratería o el rostro cansado de Penélope Cruz.

Por contra, me gustó el tandem Bayona / Vigalondo; la alegría de Jordi Dauder y Carme Elías; que sólo hubieran cinco pausas publicitarias (que en total apenas superaron la media hora); el buen humor de El Langui; y por encima de todo, y en mayúsculas LOS CHICOS DE MUCHACHADA NUI. Grandes en sus vídeos, grandes en su entrega de premio, grandes por no adaptar su humor a la entrega, grandes porque juegan en otra división. Ojalá, alguien piense en ellos el año que viene como conductores de la Gala.

Más opiniones en talla 38 y el blog de Ruth.